lunes 3 de mayo de 2010

Fachadas



Me gustan las fachadas, los detalles que asoman desde los áticos, descubrir recodos, macetas, filigranas, cualquier tesoro escondido. Pero más que las fachadas, mucho más que las fachadas, me gustan los interiores. Nada mejor que una ventana iluminada y una cortina sin correr, descubrir las pequeñas escenas íntimas, las lámparas escogidas por desconocidos, y, a veces, oh sorpresa, una ventana indiscreta revela una figura de alguien atareado, quizá, sólo pensativo, con suerte tal vez incluso pueda intuirse la edad o un perfil insinuante. Me gustan los interiores.

Tanto observar los interiores llegué a creerme una experta en detectar los buenos, en distinguir las fachadas excelsas que prometen mucho pero que esconden sólo tibieza de aquellos exteriores modestos que guardan secretas y magníficas estancias donde uno siempre quiere quedarse a vivir. Creí que a mí no me colarían una habitación de hotel en decorado ejecutivo, de esas que cansan a los tres días, pero aquí me tienen con la última de las plantas de exterior que me empeñé en hacer crecer en mi casita de interior, a punto de morir. Ella tan de exterior, acostumbrada a una terraza soleada y al riego automático, automatizado con el rigor del tic tac, se muere en mi interior. Así que, estoy repoblando mi interior con nuevas plantas que riego, mimo, olvido y recuerdo con la espontaneidad y desobediencia de un niño. Y sin riego automático que valga ahí están ellas, erguidas, verdes como los ojos de la canción y repletas de hojas nuevas.

Mi fachada tampoco fue suficiente para aquellos maceteros de peso, y según me contaron, carísimos, que vinieron a instalarse en el alféizar de mis ventanas. Bien pensado, mi vecino tiene toda la razón, me quitaban demasiada luz. Aunque, no crean, esto ya lo sabía.

Tenía yo cierta relación de amor odio con los cactus, me encantaban y me parecían insoportables en la misma medida. Uno en forma de ectoplasta vino con vocación de quedarse, pero como era un ectoplasta se fue por donde llegó. Y otro anda rezagado en el baño. Lo observo atenta por si noto algún cambio que pueda darme una pista sobre qué hacer con él. Pero insiste y no termina de morir, se ha hecho fuerte en mi baño, aprovechando los últimos resquicios de mi debilidad. No recuerdo bien si quizá, el pobre, fuera el único habitante de interior que llegó con las demás macetas, todas de exterior, y, por eso me da pena.

Así que me he quedado con mi interior personal, han vuelto las fotos de los amigos, nuevas láminas de arte compradas en viajes con ellos, detalles de una mañana en el rastro, han regresado a un buen lugar visible mis estilográficas, regalos de quien bien me conoce y me quiere. Y, quizá, rescate del cajón algún detalle romántico de un recuperado y viejo amigo, porque, a pesar de los pesares, esa sí que fue una gran historia de interior. 

Por mi próxima historia de interior, por mi fabuloso destino.

1 comentarios:

OnlYou dijo...

Preciosa entrada, muy muy bonita...