Es curioso el hecho de resumir tu vida en una hora a un desconocido, punto de partida, punto de llegada, punto de inflexión donde crees que escuchaste ese catacroker interno que ahora te resuena en los oídos como el agua del mar que se te mete en las orejas y no hay forma de sacarla, oiga. Divan-gando los psicoanalistas y psicólogos más expertos descubren zonas oscuras, que no erógenas, de nuestras mentes no tan maravillosas.
Daría mi brazo por el cuaderno del psicoanalista real de Woody Allen, daría el otro brazo por releer las anotaciones a mis comentarios vitales de mi especialista, con el retrato robot de mis neuras y mis neuronas en la sesión recién estrenada, con el cuaderno a punto y en blanco de punta en blanco, y donaría un tercer brazo con gusto para la ocasión a la ciencia si pudiera adivinar en una bola de cristal que al final del cuaderno por escribir está la solución vital, las palabras mágicas, la fórmula quinta...
Pero de momento solo me queda divan-gar, hacerme unos oooms antes de cada sesión de mirarme al ombligo y seguir soñando, buenos y malos sueños, y contárselos luego a mi doctora a ver cuál es la receta para que ganen los buenos que a lo mejor aún queda esperanza...
